martes, 17 de enero de 2017

La internacional neoconservadora

Los movimientos izquierdistas del XIX y el XX constituyeron a lo largo de esos siglos una serie de organizaciones que recibieron el nombre de "internacionales". Baste la denominación para mostrar el histórico universalismo de la izquierda, que siempre pretendió no dejar a nadie atrás, con independencia de su lugar de origen. Aunque las confluencias reflejaron también uno de los males endémicos del rojerío: su constante división. 

La Primera Internacional (1862-1876) puso de manifiesto la incompatibilidad entre marxistas y bakuninistas. La Segunda Internacional (llamada Socialista, 1889-1914) evidenció las contradicciones entre el Estado nación y el internacionalismo obrero, terminando con la separación entre socialistas reformistas y socialistas revolucionarios. La Tercera Internacional (Komintern, ¿os suena? De 1919 a 1943), acogió a los socialistas revolucionarios (ya autodenominados comunistas), y la división se produjo entre los partidarios de la burocratización absoluta (estalinistas) y los opuestos a esta doctrina por ser un instrumento falsamente internacionalista, mera correa de transmisión de los intereses soviéticos (trotskistas). La Cuarta Internacional, fundada en 1938 por Trotsky, pretendía establecer un internacionalismo real ("la revolución será global, o no será") y no secuestrado por los intereses de ninguna potencia, al mismo tiempo que defendía el "entrismo": introducir trotskistas en los partidos socialdemócratas herederos de la II y en los partidos comunistas de la III para atraerlos a posiciones de la IV.  Tras el asesinato del ucraniano, las posibilidades políticas reales de la Cuarta Internacional se diluyeron como un azucarillo.

Desde entonces, voces minoritarias en el indescifrable mosaico que es la izquierda en el siglo XXI han defendido la necesidad de una Quinta Internacional reconocida como tal. No obstante, el destino ha querido que las condiciones para la generación de una alianza supranacional tengan un color político muy distinto. Episodios como la victoria de Donald Trump, la popularidad incontestable de Vladimir Putin en Rusia, la deriva económico social del Partido Comunista Chino, el auge del Brexit y otros movimientos de similar carácter en el seno de Europa... convierten en más plausible el establecimiento de un orden denominado neoconservador (autoritarismo estatal combinado con competitividad fiscal a ultranza) que la tantas veces esperada opción izquierdista.

Entre medias quedan proyectos como la Unión Europea. La UE tiene males propios repetidamente enumerados: dominio del método intergubernamental para la toma de decisiones importantes frente al más democrático Parlamento, instituciones y reglamentos pensados para tiempos de bonanza, y decepcionante reparto de competencias y soberanías, contando con una unión económica pero no fiscal. Ese eterno permanecer en tierra de nadie (solidaridad sí, pero limitada; defensa de los derechos humanos en teoría, pero bajándose los pantalones si toca; a favor de la integración, pero antes de cada paso mil miramientos) impide que sea considerada una bandera del todo creíble para el progresismo. Y sin embargo, habida cuenta de lo que hay alrededor (y las alternativas que las ratas proponen, con desvergüenza, en su mismo corazón geográfico) el papel le ha sido asignado. Si asumirá la circunstancia (con todas las contradicciones inevitables) o se sumará a la marea de decepciones, está por ver. No soy optimista, pero quién sabe.

El papel de la izquierda en la defensa de los principios del castillo europeo también resultará fundamental. En nuestro país hay un cierto consenso europeísta (probablemente heredado del antifranquismo: "España como problema, Europa la solución"), pero en el resto del continente la cosa no está tan clara. Descontada la enésima traición del laborismo británico (suerte a esos lexiters que creen poder obtener una hegemonía de izquierdas en un proceso abiertamente reaccionario), habrá que conseguir coaligar a los fuertemente europeístas con los que, de una manera a mi juicio demasiado naif, pretendían desmontar la UE para reconstruir otra, más ambiciosa socialmente desde el comienzo. Y quitarle la careta a los nacionalistas, claro, cada vez más envalentonados por el terrorismo internacional, que consideran da alas a sus argumentos.

La empresa es colosal y los mimbres escasos y contradictorios. ¿Cómo impedir la caída en el desánimo? Insistiendo en que la alternativa es la victoria de la Quinta Internacional, que se ha constituido de una manera muy diferente a lo históricamente pergeñado



PD: el día 24, Oriol Junqueras y Carles Puigdemont defenderán el referéndum de autodeterminación catalana en el Parlamento Europeo. Se produce aquí una paradoja interesante. Muchos independendistas, sobre todo los que vienen de una tradición de izquierdas, compran a pies juntillas el discurso de que defender la soberanía catalana por encima de la española es defender la democracia. Se ven, por decirlo de una manera un tanto frívola, como "los buenos de la película". Pero la mejor manera de obtener la independencia, desde el punto de vista pragmático, sería aprovechar el contexto actual y aceptar que su discurso, donde verdaderamente encaja como un guante, es en "el otro lado". El lado del repliegue nacional, sea por razones económicas (la Liga Norte) o por razones identitarias (los Verdaderos Finlandeses), o por las dos (Donald Trump, Nigel Farage). Asumir esta cercanía, si no moral, al menos de intereses, no sólo aumentaría sus posibilidades reales, sino que añadiría honestidad al debate. Mucho me temo que en el corto plazo no van a dar ese paso decisivo. Uno de los principales rasgos de nuestro tiempo, caprichoso, egoísta y banal, es querer una cosa y su contraria. Irse de putas y conservar la virtud. La vida desenfrenada, con red de seguridad.

jueves, 12 de enero de 2017

Semana hispalense

Dicen los autóctonos que la Semana Santa es la más importante del año para Sevilla, y que se trata de algo que "no se pué entender" (como cualquier hecho pretendidamente diferencial, la afirmación resulta más ficticia de lo que están dispuestos a admitir los protagonistas, pero ésa es otra historia). Son días de ebullición, más intensa aún que en la Feria de Abril, y la ciudad se gusta, reconociéndose en el centro de muchas miradas.

En el mundo del fútbol, que tiene sus propios tempos, los días grandes de la temporada parecen haber llegado a Sevilla un poco antes de lo acostumbrado. Estamos en enero, por lo que las visitas copera y liguera del Real Madrid a la capital del Guadalquivir no son condición suficiente para culminar las grandes expectativas que se tienen esta temporada. Pero sí necesaria. El camino al éxito, aún larguísimo y lleno de obstáculos, pasa por Sevilla. 

Zinedine Zidane (la racha, y sobre todo su humildad, merecen la canción) no se arredra ante las posibilidades de una remontada en los octavos por parte de los de Sampaoli, y reserva a sus mejores jugadores para el choque dominical. En apenas una hora saldremos de dudas con respecto a la primera contienda. Suceda lo que suceda, no habrá tiempo para lamentos. El segundo round llegará enseguida.