domingo, 20 de mayo de 2018

Campeones otra vez

Han sido muchos años tragando quina. El día que ganamos la Novena escribí un relato basado en un homenaje al Conde de Montecristo, que aún hoy puede aplicarse a la sección del Madrid de baloncesto. La travesía del desierto de largos lustros terminó cuando don Pablo Laso llegó a nuestro banquillo.

Pablo Laso no es el mejor entrenador de Europa. Comete errores en la dirección, tiene un libreto sotacaballescorey. Y, sin embargo, lo que ha hecho esta Final Four ha sido excepcional. Ha involucrado a todos, absolutamente a todos. Ganándole la partida a Itoudis y luego a Obradovic, por momentos una partida de ajedrez efectuando cambios en función de lo que hacía el rival. Tavares y Thompkins en pista cuando lo han merecido, por delante de otros con más galones. Brutal.

El partido empezó mal, con el Fenerbahçe defendiendo muy duro desde el principio y nosotros erráticos, agarrados a Doncic. Pronto crecimos apoyados en secundarios, como hiciéramos en 2015. Si en aquellos días fueron Rivers o Nocioni, esta vez Causeur, el frío Causeur, del que no te puedes fiar por lo general en los momentos calientes, fue la piedra sobre la que el Madrid edificó su Iglesia. Hubo un amago de ruptura en el marcador gracias a la fluidez en varios ataques seguidos madridistas, pero el segundo cuarto fue especialmente permisivo para los turcos y, con Melli en modo all-star, llegamos al descanso perdiendo de dos, con Randolph restando y condenándose, justamente, al banquillo.

Arrancamos mejor el tercer cuarto, esta vez con los titulares, y Doncic y Llull alternaban direcciones de ataques con bastante acierto. Tavares intimidaba en la zona y Causeur rubricaba el partido excelente que Carroll en esta ocasión no podía ofrecer. Wannamaker, Kalinic, Vesely (absurda antideportiva la suya, fuera del partido) no estaban a la altura, la Fenerbicha se sostenía con un inconmensurable Melli, el oficio de Datome y la calidad de Sloukas, con los negrillos saltarines entrando y saliendo (incomprensible que Nunnally no tuviese más minutos). El último cuarto comenzó con un golpe moral importante: Llull quedaba eliminado por faltas demasiado pronto (muy puntillosa, pero...). El Madrid acumulaba ventajas de 7 y hasta 10 puntos, pero la Bicha se mantenía en el partido. Cuando Doncic cometió el error de la quinta falta innecesaria (algo que no desmerece su merecido MVP), el Fenerbahçe se vio con opciones. Dos tiros libres fallados por Causeur ponían la cosa muy negra... Pero Thompkins se vestía de Ricky Brown y conseguía un rebote fundamental para dejar los cinco puntos arriba. El carrusel de tiros libres fue de infarto, pero ahí el Madrid no falló. Porque al final, la diferencia de este Madrid con el que penó tantos años, es que en el momento crucial (el triple de Halperin, la final de 2004 contra los israelíes, Bourousis destrozando al conjunto de Plaza, el desastre de Molin) no falla. Mis lágrimas actuales no lo desmienten, sino que lo subrayan.

Como decía la pancarta aquella que sacaron en homenaje al madridista muerto en el accidente de tren de Santiago en 2013: "No existe un Real Madrid de fútbol y un Real Madrid de baloncesto. Existe el Real Madrid: una camiseta blanca, un escudo redondito y muchas copas de Europa".


domingo, 13 de mayo de 2018

Final Four 2018

El viernes próximo comienza una Final Four que ansío no perderme.

REAL MADRID - CSKA DE MOSCÚ. Sergio Rodríguez con la camiseta de los rusos es un puñal que duele en lo más hondo del corazón. 14 puntos y 5 asistencias de media, que, combinadas con los 17 puntos y asistencias por partido de Nando De Colo, convierten en hazaña épica derrotar al equipo que ha sido líder de la fase regular. Bien es cierto que el CSKA adolece históricamente de fortaleza mental en los momentos culminantes, pero el extra de estos dos cracks le dan un nivel superior a la base, ya de por sí fortísima, de Higgins, los atléticos Clyburn y Hines, Fridzon, Kurbanov y el despreciado por el Madrid Othello Hunter, acusado por algunos de tocarse las narices en el tramo final de la temporada pasada y que probablemente tenga ganas de revancha contra nosotros (lo que viene a ser "hacer un Bourousis"). Las gotas de veteranía las pondrán Vorontsevich y Khryapa, con el culo pelado ya en estas lides. Un bloque más granítico que otros años que probablemente destierre todos los problemas mentales rusos.

Nosotros, una vez Doncic se ha instalado en el término medio entre desaparecer y romper del todo al ultramegacrack que parecía (lo llegará a ser, ojo, pero no todavía, y menos enfrentándose a lo mejor de Europa con la responsabilidad de cargar sobre sus hombros con los anhelos blancos), y con Llull recién llegado (paciencia con él), tenemos el cartel de aspirante. Nuestros veteranos han dado el do de pecho en la eliminatoria de cuartos frente a los griegos, mas no podemos pedir que gente como Carroll o Reyes sean decisivos frente al basilisco ruso. Lo que pueda aportar Rudy en defensa, el oficio de Ayón y la incógnita absoluta de Randolph (apuesten a que hace el ridículo yéndose del partido, es lo más probable; pero si tiene el día lo puede ganar) son las bazas para competir, habida cuenta de que la raza del renqueante Campazzo (no sé ni si está disponible tras la lesión), las lagunas defensivas de Thompkins, la escasa habilidad de improvisación de Laso y la poca capacidad para aprovechar su dominante físico de Tavares impiden que soñemos mucho más alto si analizamos las cosas con objetividad. Veremos.

ZALGIRIS KAUNAS - FENERBAHÇE. La campanada del equipo de Jasikevicius resultó conmovedora. La justicia poética de dejar fuera a los griegos de Oly, que habían preparado todo para echar al Madrid, hace que sean mi segunda preferencia si el Real no puede, como todo apunta, alzar el trofeo. Aunque me temo que haber llegado hasta aquí ya supone una machada para los lituanos que seguramente haya reventado su techo. Jasikevicius se fía de Pangos para dirigir el juego verde, pero el principal artífice de todo me parece que es él, desde el banquillo. Ulanovas, Toupane o Micic son buenos jugadores, sí, pero ya. Acaso Jankunas, el eterno Jankunas, pueda tener un cartel acorde a esta cita. Si yo fuera turco no le perdería ojo a Davies, por otro lado, aunque...

Aunque la verdad es que el auténtico favorito es la Fenerbicha. Obradovic en el banco, Wanamaker (tiene nombre de programa de Windows y te saca de quicio igual) destrozándote por fuera, Nunnally friéndote a triples, Kalinic escoltando a Vesely por dentro, y Sloukas y Datome esperando para arrasar desde el banquillo. Ojalá Jasikevicius efectúe el milagro de los panes y los peces. La final más bonita y más agradecida con el baloncesto sería un Real Madrid - Zalgiris. Por desgracia, mis pronósticos son justo lo contrario en ambas series.  

domingo, 6 de mayo de 2018

Apuntes breves sobre el Derby/Clásico

Sólo se hablará del árbitro (que ha tenido un papel horroroso, ciertamente), pero a mí me preocupan más otras cosas:

-Sin Cristiano no hay gol. Madre mía el esguince, madre mía como llegue tocado (o no llegue) a Kiev.
-Da la impresión de que el equipo no está acostumbrado a jugar con 4-3-3.
-Qué jugador es Ramos García.
-Qué deportista es Luis Suárez. 
-Marcelo es mi hermano del alma, pero su desidia en defensa ha aumentado en los últimos meses de manera alarmante, y ya era talón de Aquiles de siempre.
-Queda bautizado oficialmente como Marco Ausencio. 
-Lucas nunca resta pero si aprendiese a centrar ya...
-Hay un puñado de jugadores del Barcelona que no dan la talla para estar en el equipo culé. Ellos sabrán. 
-Sensaciones contradictorias con la batidora de Cardiff.

Hablen ustedes mejor, que saben más que yo.

lunes, 30 de abril de 2018

De méritos, deméritos y competiciones

Leo el debate que se ha generado sobre los méritos de ganar las distintas competiciones, y llego a los argumentos de nuestro Lucas. Irreprochables. La liga es el trofeo de la regularidad y la Copa de Europa, en tanto son menos partidos, tiene más posibilidad para la sorpresa. Y sin embargo, haré unas consideraciones. 

Recordando mi época de estudiante (ayer por la tarde, como quien dice), siempre se generaban debates sobre los estudios que realizaba (o, en algunos casos, perpetraba, jojo) cada uno. Había varias conclusiones que se repetían: existían carreras de mucho esfuerzo y regularidad como Medicina, que no eran estrictamente difíciles (en el sentido de tener asignaturas inalcanzables al entendimiento). Su dificultad estribaba en la constancia necesaria para meterse entre pecho y espalda los cientos de folios de los exámenes teóricos. Nadie iba a no entender el temario de enfermedades infecciosas, eso estaba al alcance de todo el mundo (unos necesitarían dos semanas para absorberlo y otros dos años y varios intentos, pero a la meta se llega), ahora bien, sacrifique usted los sábados de primavera para enfrentarse a semejante mierdón. El mérito devenía, pues, del esfuerzo y la constancia.

Por contra, existían otras carreras donde el temario estudiado puede que no fuese tan extenso, pero entraban en juego factores como la brillantez, el talento o el control de los nervios. Pienso en cosas como algunas Ingenierías, o Físicas, o algo similar. Haber estudiado mucho no te asegura el cinco, incluso puedes pasarte meses revoloteando sobre conceptos y... ¡No acabar entendiéndolos! La dificultad tiene aquí más carácter cualitativo que cuantitativo. 

Me parece una buena metáfora para nuestro debate. En mis preferencias estético-morales, yo siempre simpatizaré y valoraré más aquello que, por su propia naturaleza, requiere de algo más que el puro picar piedra. Sin restarle un ápice a esto, que es durísimo (a mí me lo van a contar, siendo alguien más preparado para el segundo tipo de estudios, tuve que vérmelas con el primero). Pero entiendo que haya quien valore más lo otro. Ambos logros, como cualquier logro, son profundamente estimables.

Unas últimas puntualizaciones. Puestos a ser partidarios de las competiciones donde se premia la regularidad, perfilemos un poco la metáfora, Pep, campeón. Es verdad que la liga o la carrera de Medicina son un premio a la regularidad y a la constancia. Es verdad que las ligas las gana el más sólido, se reduce la incertidumbre y por ello gana el mejor. Pero de alguna manera ese pensamiento está dando por hecho que todos parten de una igualdad de oportunidades que es totalmente ficticia. No es lo mismo el estudiante de Medicina que tiene todas las tardes libres, familia rica que le pone todos los profesores particulares que necesita y horarios de estudio a la carta, que el estudiante que va becado con el agua al cuello, tiene una presión de la hostia, problemas personales en casa y trabaja al mismo tiempo de camarero para pagarse el alquiler. Ganar la liga tiene mucho mérito, sí. Pero más con el Atlético que con el Bayern de Múnich. Que le pregunten a Emery.

Otrosí, uno puede aprobar un examen de los del tipo talentoso sin haber estudiado mucho. Un golpe de suerte. Pero sacarte tres ingenierías en cuatro años, llegando al penúltimo curso (semifinales) en las últimas ocho ocasiones que lo intentaste (y algunas de estas últimas tan cerca de culminarse que solo lo impidieron detalles como un larguero en Turín o un penalti a las nubes), igual obliga a perfilar un poco más el relato del mero talento puntual. Igual el término dominación, cuando hablamos de tantas copas de Europa seguidas, dice otra cosa, máxime cuando algunos no pasan de cuartos desde los tiempos en los que yo era estudiante aún. A ningún madridista le reconfortaba el hecho de que, analizando bien, las eliminaciones en octavos durante seis largas temporadas podían explicarse con la suerte. Nos ha jodido.

PD: llegamos a la Final Four contra mi pronóstico. Qué grandes son los nuestros, amigos. Talento, esfuerzo y algo más. Mi Real Madrid 

viernes, 20 de abril de 2018

Sin duende en Atenas


Pablo Laso es un entrenador a un discurso pegado. Llegó con un libreto que hacía años no se olía en nuestra sección a la deriva y agarró el toro por los cuernos. Sobre la base de una serie de jugadores propicios (el fichaje del Rudy pre-jubilación por la lesión de espalda fue la clave de bóveda; Nocioni la puntilla de carácter que nos faltaba), dirigió el equipo, con más pericia en el rumbo global que en las marejadas particulares de cada partido, hasta llevarnos a la gloria. Defensa intensa basada más en la velocidad y anticipación que en la pura fuerza, pívots móviles que se desplacen lo más rápido posible, la voluntad de correr en cuanto se pueda, y la prohibición de especular. Para cuando la velocidad y la garra no eran argumentos suficientes, a falta de ideas geniales desde la táctica, Pablo Laso había tenido el acierto de recuperar a un duende canario que abría el frasco de las esencias y cuya improvisación talentosa solía ser inabordable para los contrarios. Agradecimiento eterno, insisto, porque este modelo nos ha proporcionado los mejores años de la sección que yo he podido ver.

Sucede que de un par de temporadas a esta parte, la veteranía de ciertos jugadores clave ha ido pesando. Algunos se han retirado, otros han marchado, unos pocos no son lo que eran, algún repuesto no ha dado la talla. El nivel general ha bajado, y por eso llegamos a la eliminatoria de cuartos de final en Atenas, uno de los huesos más duros posibles, con unas prestaciones menores que hace dos o tres años. Y, ay, sin el duende que nos salvaba en los peores momentos, hoy sentando cátedra en Moscú. La paliza del primer partido parecía premonitoria, con Laso incapaz de responder a las incógnitas que iba planteando el encuentro. Como decíamos, Pablo es un entrenador a un discurso pegado: tiene casi siempre la misma respuesta a todas las preguntas que le plantea cada escenario.

Ayer, nuestro huérfano coach se aferró a lo más parecido a un tablón de salvación que encontró. Recurrió a la veteranía, a esos jugadores que ya no son los de antaño pero cuyas gestas aún están lo suficientemente cercanas en el tiempo como para que la esperanza no suponga una utopía. El partido de gente como Felipe Reyes, Carroll o el mismo Rudy es una gesta excepcional que merece un reconocimiento máximo (¡2/2 en triples de Felipe! ¡Lo que hizo Jaycee!), y al mismo tiempo la confirmación de que Laso no tiene planes alternativos. Salió cara, afortunadamente, pero no era lo esperable. Porque nuestros abueletes, extraordinarios ellos, no son el duende que, él sí, podía permitirse reinar desde la anarquía y que el equipo creciese desde ahí. El protoduende esloveno que tenemos aún está en el horno y lleva dos meses con un desempeño irregular. Al pseudoduende menorquín que rompía la baraja desde la determinación antes que desde la magia lo perdimos en agosto y no sabemos cuándo ni cómo volverá.

No tengo ni la más remota idea de lo que nos deparará el resto de la serie. Sé lo que propondrá Laso para los partidos de Madrid, y, por encima de todo, sé que, de querer continuar por el rumbo de estos siete años, habrá que renovar la plantilla este verano. Traer nuevos jugadores que impongan el discurso establecido por encima de las circunstancias concretas de cada encuentro puntual, y, desde luego, algún duende que sepa improvisar cuando esto no sea posible.